Un Voto Vale Mas Que Mil Palabras

Identidad étnica y cambio político en Huehuetla, Puebla
JAUME VALLVERDÚ 

Con el tiempo aprendí que es un error sonreírle amistosamente a quien me ha engañado.

– Marcel Proust

Resumen

El artículo nos sitúa en Huehuetla, cabecera de un pequeño municipio del mismo nombre, mayoritariamente totonaco, enclavado en la sierra oriental de Puebla (México). Las elecciones municipales celebradas el 8 de noviembre de 1998 en la localidad enfrentaron al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y a la coalición en el gobierno, formada por la Organización Independiente Totonaca (agrupación civil de base indígena) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). La intensa pugna política que se respiraba en el nivel cotidiano no era más que un reflejo de la aparente escisión y confrontación entre el mundo mestizo y el mundo indígena, y acabó decidiendo la alternancia en el poder local en favor del partido oficial. En este marco, la mediación ideológica del movimiento social e indígena sobre la identidad étnica y la actividad de proyectos liberacionistas de signo sociorreligioso (en este caso, la teología india) parecen ser indicadores claves en los procesos de cambio social y político, si bien los programas concientizadores no siempre obtienen los resultados deseados o esperados por sus defensores.

Texto

Las elecciones municipales del 8 de noviembre de 1998 celebradas en Huehuetla (Sierra norte de Puebla, México) se vivieron de forma particularmente intensa. Tras los resultados -que acabaron dando el triunfo al PRI por 485 votos de diferencia- se nos comunicó que la participación había sido bastante superior a la de anteriores convocatorias. Una simple mirada alrededor durante los últimos coletazos de las campañas de los dos grandes partidos contendientes hacía una cosa evidente: la gente quería votar, tenía ganas de votar. Y mucha de ella, como después se pudo comprobar, seguramente apostaba por el cambio, por la alternancia en el poder local. En efecto, desde hacía nueve años la Organización Independiente Totonaca (OIT), organización civil de base indígena, y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), compartían el gobierno municipal de Huehuetla. Su alianza había desbancado del poder al Partido Revolucionario Institucional en dos comicios consecutivos, aunque en el segundo de ellos la diferencia empezó a recortarse.

En los días precedentes a las votaciones ejercí mi tarea de antropólogo observador del proceso electoral, tomando notas de campo y reflexionando tanto acerca de las valoraciones, acciones y reacciones populares como de las opiniones que las entrevistas filmadas iban reflejando. De estas notas, reflexiones y de otros materiales compilados en o sobre Huehuetla surgió la idea de escribir este artículo. Con él se trata de ir un poco más allá de la mera descripción etnográfica y contribuir en la medida de lo posible al proyecto más amplio de Albert Wahraftig y Pacho Lane, en el cual tan gentilmente se me invitó a participar confiando en que pudiera aportar mi granito de arena. Es por eso que junto a las reflexiones e interpretaciones derivadas de la experiencia de campo, intentaré retomar y abundar un poco más en algunas de las consideraciones de estos autores en “Totonac Cultural Revitalization: An alternative to the Zapatistas”, concretamente aquellas que comparan y contrastan la Organización Independiente Totonaca (OIT) de Huehuetla con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.

Obviamente, las páginas que siguen tienen todas las limitaciones de una estancia muy corta (una semana) en la localidad referida, y no pueden atreverse mucho más que a formular algunas reflexiones en la superficie. Y más aún tratándose de un tema tan complejo y arraigado en la zona como es el de la política y las relaciones de poder local. No obstante, es de desear que investigaciones posteriores dentro del proyecto Totonacapan puedan ir llevando progresivamente hacia aguas más profundas.

Días antes de las elecciones en Huehuetla se respiraba un clima social y político altamente polarizado e incluso radicalizado: Seguidores del PRI por un lado, partidarios de la alianza OIT / PRD por el otro. Ambos bandos convencidos de su victoria. Cruces de descalificaciones y críticas recíprocas sobre la inoperancia del oponente y su falta de credibilidad a todos los niveles. En fin, un ambiente bien caldeado -aunque sin llegar a ningún desorden público- y listo para que las urnas decidan. Para acabar de añadir leña al fuego, el miércoles 4 son destituidos dos consejeros electorales afiliados al PRI. Acto seguido, un representante de este partido inconforme con la decisión tomada, advierte ante la prensa que dicha destitución podía generar “un conflicto incontrolable” en Huehuetla. Por suerte para todos su predicción no se hizo realidad.

No pudimos asistir al cierre de campaña del PRI. Pero sí al de la alianza OIT / PRD el día siguiente de nuestra llegada. La campaña de esta coalición se caracterizó por un discurso claramente izquierdista y bastante radical, entretejido por temas relacionados con el apoyo a los campesinos pobres y los trabajadores y con la lucha para la transformación social. Aparte de sus aspiraciones de justicia y dignidad para los más desfavorecidos, su argumento nuclear fue insistir en la representación de la identidad étnica indígena. Sus “candidatos del pueblo” se oponían en este sentido a los “fuereños” mestizos del PRI. Este partido, por su parte, como más adelante conocimos, apostaba por un “cambio” en sus cuadros políticos y en sus mentalidades, reconociendo anteriores “vicios” y enquistados comportamientos corruptos (por no decir caciquiles) y, como suele ocurrir en estos casos, presentando a sus electores una cara más limpia, renovada y “centrada”. Esta postura, además, se refuerza con el eslogan “trabajemos unidos”, que trata de reflejar un programa de no discriminación, pensado para todos, incluidos por supuesto los indígenas como potenciales electores y mayoría en las comunidades.

La discriminación se utilizó, por otra parte, como arma arrojadiza contra presuntas actitudes de la OIT / PRD (o de algunos de sus militantes) durante su mandato hacia reconocidos partidarios del PRI, y que este último partido declaraba no querer volver a repetir “vengativamente” en caso de obtener la victoria. En concreto se nos habló de “revanchismo” tras la primera victoria de la coalición OIT / PRD en las elecciones; un revanchismo que, según los priístas, negó en repetidas ocasiones la escucha y el apoyo a gente del PRI en asuntos que tenían que ver con el beneficio para el pueblo y no -como fueron interpretados- con intereses particulares o partidistas.

Hace un momento nos hemos referido de forma demasiado simplificada a indígenas, por un lado, identificándolos genéricamente con la coalición OIT / PRD, y a mestizos o “fuereños”, por otro, asociándolos en el mismo sentido al Partido Revolucionario Institucional. Pero si en el ámbito político el reparto de afinidades hacia una y otra opción no es por supuesto así de drástica sino mucho más matizada, en realidad, ni siquiera en el nivel étnico la distinción puede hacerse solamente entre indígenas y mestizos; o entre totonacos y mestizos. Por el contrario, dentro del grupo “indígenas” (autóctonos o nativos de la zona) hay que distinguir entre ladinos y totonacos propiamente dichos. Para ser más precisos, ambos son grupos étnicos cuyos integrantes “han nacido” en la localidad pero los totonacos se diferencian de los ladinos en la medida que los últimos “ven diferentes” a los primeros o “se ven diferentes a sí mismos” étnicamente hablando; y lo mismo sucede en sentido inverso. Para los ladinos, ser nativo u originario de Huehuetla es el elemento que los define como tales, al margen de sus rasgos indígenas o del color de su piel. No sabemos qué es “ser ladino” para los totonacos, pero suponemos que su autodefinición incluye tanto el nacimiento en la zona (propio y seguramente de la familia de orientación) como los rasgos culturales que les son característicos. En todo caso, una mayor precisión en el análisis de la etnicidad local debería tener muy en cuenta las representaciones y los conceptos que la mayoría de grupos étnicos utilizan para definir y legitimar su identidad colectiva, cuando no primordial en el sentido de Geertz (1997).

A grandes rasgos, no obstante, se podría decir que los totonacos encarnan el grupo étnico autóctono más humilde y también el menos reconocido, a pesar de la legitimidad intrínseca que le otorgan sus raíces nativas. Que los ladinos mantendrían un lazo “esencial” con aquéllos en el hecho de compartir la lengua indígena (el totonaco) y lógicamente en sus mismos orígenes locales. Y que, por último, los mestizos serían el grupo más claramente diferenciado por sus características tanto étnicas como socioeconómicas y de nacimiento (los venidos de fuera, de familias foráneas). Esta distinción parece especialmente pertinente en el tema que nos ocupa en tanto que la identidad étnica es instrumentalizada por el discurso político con una finalidad electoral evidente. De hecho, la adscripción política de uno u otro grupo (incluyendo cruces o trasvases en la misma), y lo que es más importante, su mayor o menor peso decisorio en los resultados finales, es un aspecto central en el análisis de las relaciones entre plurietnicidad local y procesos de cambio político. Máxime cuando, como parece ser en este caso, el grupo numéricamente mayoritario (el de los totonacos) acabó decantando la balanza del bipartidismo dominante con su mayor participación en el proceso electoral o con sus supuestos “volteos” en las comunidades.

Durante el último trienio de gobierno municipal, la coalición OIT / PRD invirtió más de diecisiete millones de pesos en obras de electrificación, agua potable, caminos rurales, escuelas, clínicas, y en otros servicios de rehabilitación o construcción. A pesar de esto, los partidarios del PRI, reclaman los fondos en participaciones dadas por el gobierno estatal, a falta, según ellos, de obras visibles realizadas en la población (como, por ejemplo, la pavimentación de las calles) mediante la faena (trabajo corporativo o “de servicio” voluntario, no remunerado y a tiempo parcial). Otro de los argumentos esgrimidos por los afines al partido opositor es la falta de preparación y formación de los cuadros del PRD / OIT, que a lo largo de estos años supuestamente habrían obstaculizado el progreso de las comunidades en lugar de estimularlo. Así, se menciona sobre todo la falta de atención y de capacidad resolutiva de las peticiones o necesidades que se han querido transmitir a la presidencia municipal. Para quien opina de este modo, en cambio, el PRI sí advierte las necesidades y es capaz de resolver los problemas comunitarios en cuanto a servicios e infraestructuras.

La defensa de la OIT / PRD consistió en remarcar que el dinero recibido se invirtió racionalmente en obras “exigidas por el pueblo”. Contrariamente a lo que en la otra esquina afirmaban sus oponentes, los representantes de la coalición aseguraron que las comunidades estaban satisfechas con su gestión durante su tiempo de mandato y con las obras realizadas; en realidad, dicen, “quienes no están contentos es porque viven engañados por los mestizos del PRI”. Asimismo, se insiste en la voluntad de seguir trabajando organizadamente para atender las necesidades de todos los municipios sin excepción y para fomentar su desarrollo lo más posible. Para ello apuestan ante todo por una concientización de sus habitantes, algunos de los cuales, de hecho, evocan vivamente su convencimiento político afirmando “haber salido ya de la ignorancia de antaño” y “saber quienes son los ´rateros’ del PRI”, que “ya no les engañan”. Sobre tales priístas se dice, además, que si participan en las tareas comunitarias o en las obras proyectadas por la OIT / PRD no lo hacen en pro del beneficio colectivo sino más bien egoístamente. En la comunidad Cinco de mayo, por ejemplo, vimos como todos colaboraban en los trabajos del nuevo sistema de canalización de agua “unidos para el beneficio común” y sin distinciones de preferencia política -tal como lo exhortaba el ingeniero encargado de las obras. Sin embargo, en opinión de quienes concebían el proyecto como un logro de “su partido” (en este caso el PRD / OIT), los priístas sólo cooperaban porque en adelante “iban a tener agua en sus casas y eso les interesa”, ya que hasta la fecha “no habían participado en nada y sólo habían criticado”. Desde el lado de los partidarios del PRI se replican estos comentarios alegando precisamente sucesivas discriminaciones por afiliación política, en el sentido de “tú eres del PRD, pues te voy a dar luz; tú eres del PRI, pues no te doy. Eso no es justo, el beneficio debe ser para todos por igual”.

Por otro lado, según el candidato del PRI la mayoría del electorado del partido no estaba en el centro (la cabecera municipal) como habitualmente se ha dicho, sino en las comunidades, en la ranchería. De acuerdo con esto, su proyecto “renovado” preveía “la ayuda a quienes más necesitan” (en supuesta alusión a los totonacos). De este modo, se explicita la intención de abandonar “los métodos antiguos, que marginaban a las comunidades” y de gobernar “para todos y entre todos”, estableciendo un compromiso real con la gente y cristalizando las promesas hechas para garantizar el progreso local.

Otro de los elementos de crítica de los partidarios del partido oficial fue el de la manipulación sistemática de los indígenas (incluida la OIT) tanto por parte del PRD como por parte de la corriente pro-indígena de la iglesia católica local. Dejando de momento a parte la certeza o no de esta valoración, hay que decir que el papel de la teología india parece realmente muy importante en cuanto a preservar los “usos y costumbres” y las creencias religiosas tradicionales. Sería, a nuestro modo de ver, el soporte “tradicional” o componente de “resistencia” que sumado al soporte “modernizador” o componente de “innovación” que pretende ofrecer el PRD con su política de alianza con el movimiento indígena, permitirían la conservación y reproducción de los significados simbólicos y del capital cultural existente en las comunidades locales desde mucho tiempo atrás. Por otra parte, uno de los baluartes de la tradición totonaca, el Consejo de Ancianos, conserva su función hoy en día gracias al impulso de las religiosas católicas vinculadas con la referida teología india.

La pastoral de estas religiosas es sin embargo percibida por algunos simpatizantes del PRI como uno de los elementos manipuladores fundamentales de la población indígena -que nunca es manipulada por la gente del PRI, entre otras cosas porque, valga la falsa paradoja, “los indígenas ya deciden solos”. En palabras de su candidato, inicialmente el clero y ahora las monjas “foráneas” “han venido a engañar y a utilizar a la gente que tiene fe en la Iglesia católica”. Junto a los agentes pastorales locales, se considera al PRD, y especialmente a los asesores externos de la OIT y de la coalición en general, manipuladores en igual o mayor medida de quienes se decantan por esa opción política. De dichos asesores externos en particular, se afirma que solamente buscan el beneficio propio y que su conducta dista mucho de estimular el desarrollo local y comunitario. En realidad, en el cierre de campaña del mismo PRD se excluyó la participación futura de asesores en la coalición, lo cual hace pensar en posibles irregularidades de su gestión -al menos, quizás, de algunos de ellos- durante estos años. No obstante, desde el punto de vista priísta tal declaración pública “no es más que una estrategia electoral para quedar bien, puesto que los asesores siguen y seguirán estando ahí”.

No debemos olvidar que los movimientos sociales articulados en torno al referente o la realidad indígena en un sentido liberador suelen arrancar de la base o con el apoyo -primero incondicional y luego condicional- de proyectos liberacionistas de tipo religioso o sociorreligioso; es decir, tienden a obtener sus fundamentos de lo sagrado y tratan de redimensionar la tradición y el espíritu comunitario que se encuentra en sus raíces. Este sería el caso de la OIT, en cuyo origen se encuentran las figuras de clérigos comprometidos con la teología de la liberación, la misma corriente progresista de la Iglesia católica que en Chiapas imprime un sentido liberador del oprimido que, junto a otras utopías y luchas de fuerte implicación social y política, desemboca finalmente en la formación del EZLN.

Como bien dice Luís Hernández, “el zapatismo como corriente política se desarrolló incorporando y reconstruyéndose a partir de una intelectualidad indígena formada por la Iglesia católica”. Sin embargo, se trata de una fuerza fundamentalmente laica; o mejor dicho, que ha sufrido un proceso gradual de laicización. Es más, según Marcos, “sería muy grave para la población indígena que un ejército como el zapatista se pronuncie en términos religiosos, que se defina a favor de los católicos o en contra de los evangélicos. Eso volvería a plantear el peligro, que el EZLN ha evitado varias veces, de convertirse en un movimiento fundamentalista” (Le Bot, 1995: 326). De ahí que las relaciones de los zapatistas con los clérigos seguidores de la teología de la liberación siempre han sido bastante ambiguas o distantes, aun a pesar de los evidentes enlaces ideológicos que pueden establecerse entre ellos. Está claro, por otra parte, que el hecho de que los primeros opten por la vía armada (o de “no violencia armada”) los excluye de todo reconocimiento individual en el seno de la teología de la liberación

En el caso de la OIT, el apoyo de las religiosas neocatólicas a la causa indígena parece tener un significado bastante distinto. En primer lugar, contrariamente al EZLN, la Organización Independiente Totonaca es una organización civil indígena de carácter pacífico no armado y que opta por la vía democrática. En segundo lugar, el impulso de la clerecía local no parece trascender los límites de la salvaguardia (parcial) de la tradición -a través de los oficios religiosos y el simbolismo sincrético de lo sagrado- defendiendo el papel del Consejo de Ancianos y de los cargos tradicionales y sin adentrarse en las arenas movedizas de las decisiones políticas. Esa situación en la retaguardia, sin connotaciones manifiestas de lucha ideológica o resistencia étnica, evitaría su implicación en conflictos relacionados con el poder local.

Pero aún nos queda otro asunto importante por tratar: el papel de los asesores o intelectuales externos, criticados por los vencedores y cuestionados por los vencidos, y se sobreentiende que fuera de la órbita municipal en los próximos años. Y es que, de hecho, con su entrada en escena surge otro paralelismo con la situación chiapaneca. En la entrevista de Ivon Le Bot al mayor Moisés del EZLN, éste menciona que en sus tiempos de miembro de la organización campesina Unión-Quiptic ta lecubtesel (en Tzeltal, “Unidos por nuestra propia fuerza”) fue testigo de problemas diversos con asesores externos, muchos de los cuales finalmente fueron expulsados de la organización por “negociar detrás, con los del gobierno del Estado”. “Descubrimos que estaban negociando por otro lado. Entonces ya empezamos a decirnos, ‘que estos nos están jugando una cosa que nosotros no sabemos'” (Le Bot, op. cit., 166-171).

Siguiendo con las comparaciones entre el EZLN y la OIT, a la que Wahrhaftig y Lane vieron como una posible alternativa -no militarizada y de proyección más restringida- al famoso paradigma zapatista, diremos que, efectivamente, se trata de dos modelos con un mismo punto de partida (la organización colectiva que sigue a la desesperación indígena) y con igual fin último (el reconocimiento efectivo de los derechos históricos y culturales de los pueblos indígenas), pero que sin embargo van recorriendo caminos distintos que parecen partir de contextos socioculturales y de realidades socioeconómicas también diferentes y particulares, tanto en el nivel estructural como coyuntural. Es decir, la divergencia estriba no sólo en la naturaleza “armada” o “pacífica” de uno u otro movimiento, es decir, en los medios (o, mejor dicho, parte de los medios) para alcanzar el fin, o en la mayor voluntad o necesidad expansiva del zapatismo (derivada del sentido global y radical con que define su proyecto democratizador) contra las aspiraciones a lo sumo localistas o de radio municipal de la Organización Independiente Totonaca. Desde nuestro punto de vista, la diferencia esencial radica en sus respectivos caldos de cultivo. Al margen de la simetría religiosa ya mencionada, indudablemente, en la gestación de uno y otro movimiento social intervienen factores de fondo diferentes que a su vez determinan desarrollos, estrategias y retóricas desiguales.

En este sentido, es un hecho que la larga tradición de organizaciones campesinas en Chiapas reivindicando los derechos de los desfavorecidos contra el caciquismo dominante y el abandono estatal, el movimiento indígena de la Selva Lacandona y la acción y evolución de las guerrillas de orientación maoísta o marxista-leninista llegadas del exterior, son factores que han ido configurando procesos de lucha y de resistencia étnica específicos en un contexto social y político especialmente predispuesto a la insurgencia indígena y al levantamiento armado. Sin duda el fuerte sentido comunitarista y el trabajo cohesionador, organizador y concientizador de la OIT, trata igualmente de obtener el mayor respaldo popular para alcanzar sus objetivos. Sin embargo, su plan de acción supone que la forma más coherente para alcanzarlos (y quizás también la más acorde con la predisposición contextual o el contexto disponible) es la democrática y pacífica, dejando que la labor concientizadora-ideologizadora haga mella poco a poco en sus destinatarios y que sean ellos mismos quienes libremente decidan cómo quieren ver regidos sus destinos. Ya hemos dicho que el impulso eclesiástico está en la base misma de la creación de la OIT, revitalizando la tradición y los usos y costumbres indígenas. Además, la ideología que parece prevalecer en su seno es compatible con los planteamientos izquierdistas del PRD, al menos los que afloran cuando se habla de la coalición. No obstante, todo indica que en este caso el caldo de cultivo para la creación de la organización dista mucho de la situación chiapaneca. Por un lado, los mestizos de Huehuetla (llamados “caciques” por sus adversarios políticos) no son los ricos y arraigados terratenientes de Chiapas y, por lo tanto, no tienen el peso ni la influencia política y económica de éstos en la vida local o comunitaria (Wahrhaftig y Lane, 1997). Por otro lado, la gestación del movimiento social e indígena no ha seguido un proceso tan conflictivo y agitado como en Chiapas. Ni mucho menos. Más bien se articuló sobre bases reivindicativas prácticas sin precedentes o planes violentos, y esa postura pacífica y pro-democrática es la que pretende mantener en el futuro. Étnicamente, además, parece buscar su legitimación plena en un espíritu mítico-sagrado, tradicional y comunitario que le sirva de referencia e inspiración, y que al mismo tiempo, con su sentido aglutinador, eclipse posibles divergencias ideológicas o fragmentaciones inter o intracomunitarias -tan persistentes, por otra parte, en el contexto chiapaneco. En este sentido, valga de ejemplo la siguiente tarjeta de presentación: “Primero fueron nuestros Kinpuchinakan (dioses), luego nuestros Laktatajani y Laknanajni (abuelos y abuelas) primeros, después fuimos comunidad, luego fue la organización comunitaria, la denominamos Organización Independiente Totonaca y de ello seguimos siendo totonacos”

De cualquier modo, es importante decir que en la actualidad ambas “alternativas” (la del movimiento zapatista y la de la OIT) permanecen igualmente suspendidas -aunque por motivos también bien diferentes. Ninguna de las dos sabe a ciencia cierta cuál será su futuro. La que representa la OIT, depende, como sabemos, de que siga en pie la constatada voluntad de “continuar trabajando en y para la organización” en su empeño por mejorar las condiciones de vida y la realidad indígena. La del EZLN, en lo fundamental, de que exista una completa y sincera voluntad política de solventar el conflicto en la zona, y que las medidas tomadas se dirijan a la raíz del problema (los intereses sociales, políticos y económicos que tienen que ver con factores de discriminación, racismo y pobreza) y no a implementar parches que sigan ignorándolo o traten de camuflarlo sin resolverlo. Con independencia de que se defienda o no la opción militar, la insurrección indígena en Chiapas, dada las condiciones que la generaron, entendemos que es plenamente legítima. Como también lo es, por supuesto, la opción democrática de la OIT en Huehuetla. Pero ambos movimientos deberán seguir sus caminos esperando que algún día les pongan en la cima de la verdad aquellos a quienes dedican sus esfuerzos humanistas y junto a quienes pretenden fabricar un futuro más justo.

Dentro de este marco, nos pareció sin embargo exagerada una opinión “perredista” previa a las elecciones según la cual: “una victoria de los caciques del PRI abriría la puerta a que en Puebla surgiera un levantamiento armado o insurgente similar al del EZLN en Chiapas”. Este vaticinio alarmista de violencia étnica parecía reflejar más bien el temor a la derrota electoral, adelantando y haciendo recaer de antemano la responsabilidad de cualquier irregularidad o acto agresivo -presente o futuro- hacia el partido oponente. De hecho, posteriormente a los resultados, el PRD no reconoció la legitimidad de la victoria del PRI, al que se acusó repetidamente de comprar votos y de fraude electoral. La manipulación de los indígenas según intereses de partido y por parte de asesores externos (o intelectuales no nativos) que habían atribuido los priístas a la alianza OIT / PRD, era utilizada ahora por ésta para invalidar al PRI, tildando a sus miembros de “caciques”, “corruptos” y acusándolos de engañar a los indígenas con falsas promesas materiales o con la oferta de dinero a cambio de su voto.

Lo que acabamos de decir nos hace volver a la polarización social y política local. Una polarización configurada a priori de acuerdo a criterios de etnicidad que, en realidad, las elecciones han matizado. En teoría la mayoría mestiza se reparte del lado del PRI y la mayoría indígena del lado de la coalición OIT / PRD. En la práctica, sin embargo, parecen haber aumentado los “volteos” hacia el partido oficial (o posiblemente la mayor participación se habría decantado hacia él), los cuales responderían en parte a la insatisfacción respecto a la gestión del gobierno municipal durante su mandato (el área de las cosas prácticas, visibles y materiales, no hechas), en parte a posibles cambios de actitud o comportamiento de los priístas en la vida cotidiana de las comunidades (el área del trato “cara a cara” menos jerarquizado y de mayor confianza mutua). Además, la labor proselitista de miembros del PRI, remarcando los “puntos débiles” del contrario (esto es, mencionar sólo las necesidades no satisfechas en las comunidades, o la desatención a reconocidos priístas en el ayuntamiento) o bien acusándolo abiertamente (saqueo de fondos públicos y manipulación por parte de los asesores externos), ha podido ser efectiva en los casos de indecisión, anterior abstención o falta de compromiso político firme. Por lo mismo, todo indica que la pugna propagandística en el seno de las comunidades entre militantes convencidos de ambos partidos ha sido fuerte, a tal grado que hemos oído expresarla en términos del estilo: “ese maldito me odia por ser del PRD y está volteando a la gente en mi contra y a favor del PRI”. De todos modos, lo más probable es que los “volteos” se hayan ido gestando y sucediendo en los últimos años. El hallar las causas de fondo de semejantes trasvases requeriría, por supuesto, de un análisis mucho más exhaustivo. En cualquier caso, es un hecho que han llevado a Huehuetla a la alternancia política desde las relaciones interétnicas locales y, probablemente, de procesos más amplios de cambio social -o quien sabe si incluso de cultura política.

Mi sensación al final fue que se respiraba un cierto presagio de derrota de parte de la coalición OIT / PRD. Quizás por eso mismo en días previos a las elecciones, parece ser que algunos de sus militantes o simpatizantes habían mantenido ciertas actitudes “radicales” o “de trinchera” que no pasaron desapercibidas en la localidad. Por otra parte, algún que otro periódico -en un tono tan visiblemente partidista como épico- había alimentado la alarma en el mismo tramo final, avanzando posibles fraudes electorales orquestados por el PRI y sus “corruptos” tentáculos. Léase en este sentido el siguiente fragmento: “existe una disposición gubernamental en todos los niveles, desde la cabeza del Ejecutivo del estado, para que el PRI ‘reconquiste Huehuetla’, disponiendo para ello de los recursos públicos, la compra directa del voto, la amenaza de los grupos de choque de Antorcha Campesina y, obviamente, el fraude electoral que se prepara”. En el caso concreto del artículo a que nos referimos, la simpatía manifiesta hacia la opción política que representa el PRD y la OIT desvirtúa por sí sola cualquier certeza o fiabilidad de los argumentos. La alianza OIT / PRD se identifica positivamente -en el plano simbólico y discursivo- con el modelo zapatista (“Huehuetla es un ejemplo a seguir por los pueblos de otros municipios que quieren votar este 8 de noviembre a favor de candidatos que ‘manden obedeciendo'”), y la exaltación de la identidad étnica indígena sale a flote cuando se habla del candidato del PRI, “quien por cierto -se añade- no nació en el municipio ni habla el totonaco”. Otros colectivos que se asocian al PRI como instrumentos de oposición y control de la coalición OIT / PRD son el Instituto Nacional Indigenista local y la policía estatal, que opera en la localidad desde hace ya varios años.

Por supuesto, el aspecto lingüístico -inseparable de toda dimensión étnica- juega un papel fundamental en este cuadro. De ahí precisamente la polémica existente en torno a la opción política de los maestros bilingües, a parte de los cuales se considera afines al PRI. O bien la traducción de la polarización política y étnica en el campo de las escuelas bilingües locales: Por un lado, la escuela Benito Juárez, ligada “oficiosamente” al PRI y a los planes educativos oficiales marcados por la Secretaría de Educación Pública, y por otro, el Centro de Estudios Superiores Indígenas “KGOYOM” de la OIT, que organiza sus programas formativos en defensa prioritaria del totonaco como base y fuente de la cultura y tradición locales. En el informe que su propio coordinador nos facilitó se expone la propuesta de: “Un modelo de educación diferente del tradicional y que camina con la idea de restablecer los valores culturales y de conocimiento científico a partir de nuestra cultura totonaca”. Por el contrario, la perspectiva “oficialista”, a pesar de reconocer objetivos similares para la promoción de la cultura indígena, ve en la escuela de la Organización Independiente Totonaca “un intento de absorber la identidad del indígena con una finalidad de cambiar su mentalidad -esto es, ideológica- que no se comparte”. En relación con esto, una de las maestras del centro “KGOYOM” corrige esta valoración desde su perspectiva asegurando que “la escuela no tiene ningún objetivo político. Se interpreta así porque es una propuesta, un proyecto, que está en contraposición al modelo educativo oficial. En este modelo se trabaja con aspectos cotidianos y sencillos, de ahí que se entienda que se están cambiando mentalidades. Se enseña a los alumnos a valorarse a sí mismos, para que no sean sumisos. En este sentido se forma a la gente desde su raíz pero con conciencia. El modelo oficial, en cambio, encajona a la gente en un proyecto idealista; mucha gente no tiene al alcance acceder a determinadas profesiones, entonces, para ella, todo se queda en una mera ilusión”.

En ninguno de los dos modelos de enseñanza se discrimina el ingreso de estudiantes por motivos étnicos o de procedencia (el centro o la ranchería -municipios o comunidades). No podemos precisar la proporción de alumnos indígenas o mestizos en una y otra institución educativa, pero ambos grupos parecen repartirse indistintamente según criterios de preferencia particulares o familiares -que, dicho sea de paso, pueden tener relación con el tipo de afiliación política. No obstante, hablando de preferencias, parece ser que el objetivo del centro “KGOYOM” de impulsar el trabajo comunitario no siempre es bien comprendido o aceptado por algunos alumnos, que prefieren, como apunta el mismo informe, “ir a otra preparatoria donde sólo reciban clases en las aulas. Dicen que para trabajar en el campo se quedan en sus casas y creen que la escuela no es para eso”. Los programas de desarrollo rural-agrario del gobierno se señalan como responsables de esta situación o de otras similares, puesto que “la gente se empieza a negar al trabajo de servicio, a la faena, cuando se le invita a la faena quiere que se le pague, que el gobierno tiene para pagar. Que si no cómo se hacen ricos”.

En la misma línea, la reflexión que sigue del proyecto del centro “KGOYOM” expresa con tristeza que muchos totonacos no sean conscientes de la importancia de conservar la lengua y la cultura propias. Y más aún cuando ya hubo un tiempo en que los maestros -en los cauces de una política educativa oficial explícita- se dedicaron a desacreditar la lengua indígena con el objeto de canalizar o “integrar” a los indígenas dentro de la cultura nacional-hegemónica. Los recuerdos de este proceso de deculturación (camuflado siempre de “beneficio común” en línea con el mito de la “modernidad”) se trasladan en forma de consecuencias desestructuradoras sobre la realidad actual: “Un camino muy duro para nosotros ha sido la educación oficial, la educación era de los mestizos solamente, pero luego la hicieron para lo indígena con el fin de volvernos a su mundo, a su forma de ver de ellos, de vestir y de hablar. A nuestros hijos los cambiaron con la educación, les cambiaron la vestimenta, la lengua y la cultura. Los hijos nuevos ya no quieren hablar totonaco, quieren ser modernos, quieren ser de razón. Porque para el mestizo, el totonaco no es de razón, ni usa pantalón, usa calzón. Tampoco usa falda, usa naguas. Tampoco hablamos lengua, hablamos dialecto. Algunos hermanos se lo han creído y aceptan esa forma de pensar en nuestra propia cultura y algunos hasta aceptan que sus hijos dejen de ser sus hijos y desprecien a sus propios padres como símbolos de atraso. Eso nos dicen, que ser indígenas es atraso. Es ser naco. Y la conquista occidental continúa en pleno fin de siglo. Por la escuela, desintegrando a nuestras familias, a nuestras comunidades”.

Retomando estas consideraciones e iniciando otras adyacentes referidas a un pasado no tan lejano, un diputado del PRD auguraba una segura debacle de Huehuetla en caso de producirse “un golpe de estado” de la oposición priísta. En su opinión, con la llegada al poder de los “caciques del PRI” se volvería irremediablemente a la “subordinación y marginación sistemática de los indígenas; a su antiguo control corporativo y esclavizante”. Por otra parte, las mejoras en las comunidades gracias al gobierno de la coalición OIT / PRD habrían generado, según él, el descontento del gobierno estatal y principalmente del referido caciquismo local, contrario al modelo pacífico de transición a una democracia justa que contradice sus intereses de control económico y político. Dando su voto a quien de verdad los apoya-concluía poco antes de los comicios- los indígenas tienen la oportunidad histórica de modificar su estatus de vida caminando en paz hacia el pleno reconocimiento de sus derechos y hacia la construcción de su autogobierno según los usos y costumbres tradicionales. Sin embargo, como ya apuntábamos anteriormente, el aparente buen trato personal y sostenido de muchos totonacos con reconocidos priístas ha podido ser un factor de peso en sus opciones políticas. En algunos de estos casos se menciona que la gente del PRI “les tiende la mano cuando lo necesitan y les apoya en sus demandas” -y también probablemente les dan trabajos eventuales remunerados de forma satisfactoria. Aunque esto lógicamente es visto, desde el lado de la OIT y del PRD, como una estratagema habitual de “engaño” y de “ganarse a los indios” con ulteriores fines o intereses tanto personales como políticos.

El día después de las elecciones, con la victoria del PRI confirmada, dicho “engaño” a través de la compra de votos fue el principal argumento de la coalición OIT / PRD para justificar el resultado: “se vendieron los que no apreciaban de corazón a la OIT” o bien “los que no participaban hace tres años ahora votaban comprados”. La responsabilidad de la derrota parecía recargarse en las espaldas de los indios, que por ingenuidad o debido a sus precarias condiciones económicas cayeron en la trampa que les tendió el PRI. Incomprensiblemente -se dice- actuando así “han empezado a desvalorizarse a sí mismos, sin reflexionar sobre el trabajo que la OIT ha hecho por ellos a cambio de prácticamente nada”. Sin embargo, la versión a posteriori de algunos totonacos votantes del PRI es bien diferente. Afirman no haber recibido dinero por su voto y desconocer cualquier situación semejante. Por el contrario, afirman que ellos mismos se organizaron en las comunidades viendo los problemas que tenían y con el objeto de escoger a su representante municipal. Que todo lo demás son rumores infundados que, en todo caso, deben demostrarse. En realidad, añaden, con su opción política lo que siempre han buscado son cambios reales, efectivos y necesarios; es más, que su decisión era el resultado de “pensar por sí mismos”, en ningún caso del soborno (con unos cuantos pesos que “no les solucionan la vida”) o la manipulación.

Pero no sólo se acusa al PRI de la compra sistemática de votos -de la que se dice tener testigos y denuncias- sino también de actuar de forma impropia durante la misma jornada electoral. Además, la gran cobertura política y económica que se le suponía al PRI para afrontar las elecciones con garantías se contrastó varias veces con los pocos fondos recibidos por el PRD para realizar su campaña. Con todo, la derrota de la coalición OIT / PRD no va a impedir, según sus integrantes, que la organización o la alianza siga en su empeño de trabajar “organizadamente” para “el futuro de nuestros hijos” y para que “no se le arrebaten los logros conseguidos durante nueve años”. El síndico municipal remarcó en este sentido que la Organización Independiente Totonaca está legalmente registrada y sabe perfectamente cuáles son sus derechos, por lo que ya nadie de ahora en adelante -en clara alusión, pues, al pasado- va a poder impedir que siga desarrollando sus actividades en solidaridad y compromiso con los indígenas

En realidad, los sujetos centrales de las elecciones en Huehuetla, quienes tenían la decisión última por su mayoría, eran sin duda los indígenas; o mejor dicho: los totonacos. Y de hecho, finalmente, fueron ellos mismos los que inclinaron la balanza hacia el lado de quienes suelen ser considerados en mayor o menor grado sus “opresores y explotadores”; aquellos identificados tradicionalmente en el ámbito rural con el caciquismo y con la concentración del dinero y la tierra. Todo un síntoma que sin duda requiere de un análisis mucho más profundo del que por el momento podemos ofrecer. Solamente diremos al respecto que la declaración de un indígena afín al partido ganador volvía a remarcar que los indios “ya no están agachados y pisoteados como antes” sino que “son capaces de pensar y de optar por sí mismos, según su criterio”. Esta expresión contiene una actitud personal y política sin duda muy significativa. Por un lado, exalta la capacidad indígena para afrontar los desafíos que le plantea su propia identidad étnica y cultural, y por otro, trata de buscar la mejora de las condiciones de vida entre diferentes propuestas políticas, y no únicamente entre algunas de ellas -en principio, y por principios, con retóricas ideológicas más cercanas a sus intereses colectivos. Además, es evidente que de la misma forma que en Chiapas no todos los indios son zapatistas (Tello Díaz, 1998), en Huehuetla tampoco todos son perredistas o miembros de la OIT. Por el contrario, muchos de ellos parecen moverse (legítimamente) por intereses prácticos e inmediatos que tienen que ver con la mejora de sus condiciones de existencia y de su entorno, aunque para ello tengan que “voltearse” de un lado o de otro según más les convenga. Todo indica que para quienes actúan así, en el fondo, “el partido es lo de menos, lo importante es que cumplan lo que prometen (un cumplir que significa hacer materialmente hablando).

En este contexto, es un hecho que la organización civil independiente creada por los indígenas y para los indígenas, no ha sido capaz de satisfacer -al menos plenamente- los deseos o las necesidades de muchos de ellos -unas necesidades, por otra parte, siempre apremiantes. Ya pasadas las elecciones el testigo está ahora en manos del PRI, que ya entonó en su día el estimulante “puedo prometer y prometo”. De aquí en adelante “sólo” le resta cumplir con todo lo prometido y satisfacer las expectativas creadas, so pena de ser “castigado” por sus electores dentro de tres años. Así es el juego democrático y así se determina en él la alternancia en el poder. Por el momento el cambio político es ya una realidad, y, definitivamente, vuelve a ponerse de manifiesto que un voto vale más que mil palabras.

… pocos somos y olvidados, encima nuestro caminan la muerte y el desprecio, somos pequeños, nuestra palabra se apaga, el silencio lleva mucho tiempo habitando nuestra casa, llega ya la hora de hablar para nuestro corazón y para otros corazones…

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