Guillermina: Retazos De Una Vida De Amor Mal Pagado

Lic. M. ANTONIA MARTORELL POVEDA. Profesora del Departamento de Enfermería, Universidad Rovira i Virgili, Tarragona (España). Investigadora-huésped Departamento de Antropología, Escuela Humanidades UAEM, Cuernavaca, Mor. (México). Investigadora-huésped CIESAS, México, D.F. (México).

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Llegué a Huehuetla la tarde del 5 de noviembre, un día antes de mi cumpleaños, después de algo más de nueve horas de viaje y otras tantas de espera en la terminal de camiones de la TAPO (México, D.F.) y en el colectivo que me trasladaría desde Zacapoaxtla los últimos kilómetros de mi recorrido. Aunque los camiones que se dirigen desde esta localidad hacia Huehuetla circulan con relativa frecuencia, suelen ir abarrotados de gente y de equipaje. Si uno quiere realizar el viaje sentado, mejor que aparte su lugar con tiempo, o se siente como mínimo una hora antes de la partida. En cuanto yo me percaté de este “funcionamiento” me senté en un lugar al lado de la ventana a esperar la salida del camión.

Permanecí allí sentada durante una hora y media, mientras admiraba y contemplaba las escenas que sucedían a mi alrededor. Aquella señora que vendía tortillitas sentada frente a un puesto del mercado, los hombres que conversaban sobre las próximas elecciones municipales, los niños que correteaban por la calle, las tres mujeres indígenas que subían al camión cargadas con sus bolsas y un niño casi recién nacido, el hombre que acompañado por su hija viajaba hasta un pueblito cercano a Huehuetla, el joven licenciado que llevaba un maletín marrón o el farmacéutico que transportaba unas cajas con la mercancía para su farmacia. Finalmente, cerca de las cuatro de la tarde, el camión se puso en marcha. El trayecto duró cuatro horas y media, el mínimo habitual si no sucede ningún contratiempo.

Llegué a Huehuetla lloviendo, a oscuras y francamente cansada. Recuerdo que durante los últimos kilómetros un pensamiento no cesaba en mi cabeza: “si hay algún lugar en el mundo en el que uno quiera perderse, sin duda ese es Huehuetla”. Enseguida me encontré con mi esposo que estaba a la espera, y los demás compañeros, Pacho, Raúl, Fidel y Cruz. Descansé un poco y dejé mi escaso equipaje en la habitación del hotel. El hotel, todavía en obras, llevaba unos seis meses abierto al público. Pacho planteó la posibilidad de ir a visitar a Guillermina a su casa. Unos días antes me había hablado sobre aquella mujer y sobre algunos aspectos de su vida. De este modo, esa misma noche conocí a la anciana con la que pasaría varias horas al día durante mi semana de estancia en la localidad totonaca.

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La vivienda de Guillermina no es de fácil acceso. Rodeada de árboles se encuentra sobre un terreno pedregoso a un metro y medio aproximadamente bajo el nivel de una de las calles del pueblo. Además de ella, en la casa se encuentran dos perros, tres gatos y revolotean unas cuantas gallinas. Sin ninguna ventana abierta al exterior, está construida de madera, estacas y plancha. La casa dispone de una única habitación, con la propia tierra por piso, subdividida a su vez en diferentes espacios a través de la ubicación de los escasos muebles. Está desprovista de agua, tiene una única bombilla para iluminar todo el lugar y carece de excusado.

En el lado izquierdo de la entrada se apila un montón de leña, muy necesaria para cocinar y calentar la vivienda. A la derecha, un mueble con estantes sostiene botes, botellas, cajas de medicamentos caducados y otros tantos trastos viejos. Junto a éste, Guillermina tiene su antigua máquina de coser en donde guarda hilos, agujas y algunos huevos que ponen las gallinas. Sobre la máquina tiene colgada una fotografía de su tío. Al fondo se encuentra una pequeña cama “protegida” por un crucifijo de madera decorado con flores de ropa blanca y una gran estampa del Sagrado Corazón de Jesús. Debajo del camastro guarda una gran caja vieja llena de ropas humedecidas por la falta de sol. A pocos centímetros de la cama se encuentra otro mueble de estantes que sirve para separar la recámara de la cocina. En éste también se amontonan las cajas, los botes o los pedazos de tela.

En la cocina se encuentra una pequeña mesa cuadrada sobre la que Guillermina amasa las tortillas o prepara los alimentos para los animales. El fondo de este espacio está forrado por un hule amarillo. El centro de la cocina lo constituye un fuego construido sobre un cuadrante de piedras, donde también se encuentran cuatro charolas redondas de diferentes tamaños para cocer las tortillas. Complementan este espacio diversas ollas de barro colgadas, cacerolas y algún jarro. Junto al fuego, a la izquierda, dos cubetas de agua son utilizadas por la anciana para el lavado de los trastes y sus manos. A la derecha, encima de una silla se agrupan tres ollas tapadas que contienen algo de carne sazonada con sal para su conservación. Sobre esta silla, en la pared, cuelga unos metros de alambre enrollado, un cucharón para sopa, una sartén y una cafetera viejas, además del soplador. El lugar acaba de estar delimitado por otro mueble con estantes y puertas inferiores que protegen de las zarpas de los gatos una bolsa de leche en polvo, un pedazo de pan dulce envuelto en papel y otros trastes de vajilla. El mobiliario se completa con otra mesa alargada cubierta por un hule azul y unas cuantas sillas más.

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Aquella noche, nada más entrar a la casa, Guillermina nos ofreció una silla a cada uno, reavivó las brasas del fuego con el soplador y puso la olla de café a calentar. Buscó tazas y vasos, sacó la bolsa de leche en polvo y el pan dulce del viejo mueble. Cortó unos cuantos pedazos y nos invitó a tomar el café y a comer el pan. El resto de días que yo estuve con ella tuvo por costumbre ofrecerme siempre un tazón de café con leche. Sentía que no lo podía rechazar y bebía con ciertos temores escrupulosos propios de una mente occidental que ha sido alertada ante los posibles riesgos de salud derivados de unas condiciones higiénicas inadecuadas en bebidas y alimentos. No obstante, al mismo tiempo, sentía que aquello formaba parte de mi propio rito de iniciación a un “auténtico” trabajo de campo antropológico. Así es que, pensaba: “lo que tenga que ser, será”.

Guillermina nació el año 1921 en Huehuetla. Ella dice que por este mero hecho es totonaca. En realidad, habla tanto el castellano como la lengua indígena con fluidez. Explica que hasta hace poco tiempo desconocía su edad exacta. Cuando su padre las abandonó a ella, a su madre y a su hermana menor, se llevó el documento de nacimiento. La llegada del actual cura de la Iglesia significó para esta anciana la posibilidad de esclarecer la duda sobre la fecha del natalicio. Ahora, con cierto orgullo dice: “ya se que tengo 77 años”.

Bajita, de complexión delgada y piernas arqueadas, Guillermina camina con cierta rapidez para su edad. Su piel arrugada y los surcos faciales marcados dejan entrever unos pequeños ojos negros de mirada algo triste. Su escaso pelo gris, amarilleado por el champú, lo lleva recogido en dos finas trenzas anudadas entre sí y, nuevamente, recogidas sobre la cabeza. Viste un vestido azul tan descolorido que casi parece blanco sobre el cual lleva un delantal de cuadros en tonos azulados. Calza unas zapatillas de goma también azules que dejan los dedos de sus pequeños pies al descubierto. Por joyas lleva unos aretes de oro.

Sus conocimientos de totonaco le aportan cien pesos semanales cuando hace de intérprete para el médico que viene de Cuetzalan cada domingo. Los huevos de sus gallinas también son una fuente de ingreso, utilizándolos como moneda de cambio o de pago. A parte de estas vías desconozco otros posibles ingresos económicos. En su alimentación casi nunca faltan las tortillas que hace ella misma, a las cuales añade algún huevo o un pedazo de carne cuando tiene. Un tazón de café, o de café con leche, y un trozo de pan dulce pueden completar su dieta. Su gran preocupación por cuantos le rodean se ilustra en su afán por alimentar a los perros, a los gatitos y a las gallinas antes que a sí misma.

La rutina diaria de Guillermina suele comenzar temprano. Una vez se ha levantado, y si los recursos lo permiten, prepara unas sopas de tortillitas secas para los perros, un poco de leche para los gatos y pone el grano a las gallinas. Casi siempre seguida por alguno de los perros, de camino hacia la casa donde el médico realiza la consulta semanal saluda, en castellano o en totonaco, a todos aquellos con los que se encuentra y tal vez compra unos plátanos o unos jitomates. Su labor diaria es ordenar y limpiar el consultorio. Barre el piso y saca el polvo a la máquina de escribir y a los medicamentos de los estantes. Arregla las cortinas y cambia la sábana de la mesa exploratoria. Cuando finaliza la tarea puede regresar a su casa a comer o dilatarse hablando con doña Lidia o alguna otra amiga. Dice que suele acostarse temprano, cuando ya está oscuro. Ocasionalmente, va a lavar la ropa en un pequeño riachuelo y allá la tiende a secar al sol. El domingo, antes de que llegue el médico, procura realizar su higiene completa y cambiarse de ropas.

Muchos de estos momentos tuve la oportunidad de compartirlos con ella durante mi estancia en Huehuetla. Al siguiente día de conocerme Guillermina se ofreció para enseñarme uno de sus máximos “secretos”: tejer una servilleta. Dice que nadie de la localidad sabe hacerlo en la forma en que le enseñó su madre. De este modo, me sentí honrada con tal privilegio y “obligada” a realizar dicha tarea en aquella semana. No obstante, debo decir que no conseguí finalizar la labor hasta que regresé nuevamente a mi casa. Ahora, esa servilleta guarda para mi un grato recuerdo de los días con Guillermina y forma parte de una experiencia que espero no llegar a olvidar.

Mi formación antropológica me supuso llevar un diario lo más pormenorizado posible de las horas que pasaba con Guillermina. Asimismo, al día siguiente a mi llegada pude grabar una conversación en la que me explicaba algunos pasajes de su vida muy significativos para ella. La entrevista no fue extensa y estuvo muchas veces interrumpida por los ladridos de los perros o por alguna visita de amigas o vecinas. Sin embargo, me parece que ofrece una idea del “amor mal pagado” que ha marcado la existencia de esta anciana Mejor que contar yo su historia he preferido transcribir aquí sus propias palabras intentando dar la voz a la verdadera protagonista de esta historia. Para dar continuidad al relato he suprimido las preguntas que esporádicamente pude plantearle, y he utilizado expresiones “comodín” entre paréntesis para paliar dicha eliminación.

“Sí, pues este, yo no me crié con mi papá. Yo me crié con un tío porque no les pareció la vida que tenía mi mamá. Era muy delicada. Como sabían que mi papá tenía muchas mujeres, aunque sea de naguas. Sí, sí. Y como de buenas lo querían, creo, como era secretario, sí se aprovechaban, yo creo. Y este, y mis tíos se enojaron y recogieron a mi mamá. Nos criamos con mi tío.

Mi mamá trabajaba mucho. Sí, y este, a veces nos levantaba a las tres de la mañana pa´ moler pa´ los mozos. Tenían que ir a cortar café al rancho, cuando hay cosecha de café. (La cosecha de café) comienza como en octubre. En septiembre muy poquito, y en octubre ya comienza a haber más. Que ahora no hubo mucho café. Pero antes sí había.

Cuando venían los mozos les dábamos de almorzar. A las seis ya se fueron pa´l rancho, a Xilocoyo. Una hora de aquí a Xilocoyo. Y este, y como a las diez ya nos íbamos a dejar el taco. A veces iba yo a caballo, y en donde estaba empinado me bajaba yo, porque no sé montar muy bien en caballo. Pero sí iba yo a caballo. Y este, cuando llegábamos allá al rancho pues a cargar la bestia. Antes era, este, el café con… en cajones. No se vendía por kilo como ahora, antes se vendía por cajón. Sí, que estuviera bien rasado el cajón. Sí, había unos cajones de petróleo. Y este…, y en cajones. Y ayudaba yo a cargar la bestia, estaba yo fortachona. Sí, y ayudaba yo a cargar la bestia, nomás a detener el tacón. Sí, y este, al costal, en un costal lo echaba. Y, todavía como había plantas de plátano nos cargaban un racimo cada quien. Llegábamos con el pescuezo hasta chueco, nos cansábamos, estaba pesado y está lejos. Todavía hacía muertajar, pa darles de cenar a los mozos. ¡Ay, no! Le digo a usted que comíamos bien, no digo que no, pero bien trabajados. Ay sí, sufrimos mucho, harto harto.

(Entonces mi hermana estaba) también. Pero como ella estaba más chica la consideraban más, y mi mamá y yo éramos las que trabajamos más, porque ella estaba chica todavía, y no l´hacían trabajar mucho. Pero a mí sí. Ya tendría yo como quince años.

Sí fui a la escuela. Pero antes no había exigencia. Si quería usté ir iba, sino no. Y sí le llamo la maestra de un carácter medio pesado, luego le decía yo a mi mamá: yo ya no voy a la escuela. ¿Por qué? Porque la maestra s´enoja mucho. Pues no vayas, la mamá me decía, me consentía. Sí, pobre mamacita, muy consentidora. Y este, y no íbamos, y venía otra maestra o otra maestra y lo mismo, estábamos estudiando y nomás íbamos en el mismo grupo. No pasábamos de ahí. Y estaba una un mes o dos meses y ya se iba, a veces hasta tres meses se estaba y ya se iba. Es que no había como ahora que hay exigencias, pues se necesita que vayan a la escuela sino pues no consiguen trabajo o… , pues necesitan tener buen estudio, pero antes no. Antes no había rigor, no había exigencia. Sí. ¡Y a mí nunca me pegaron!. A mi hermana sí le pegaban.

Quién sabe por qué (le pegaban), como yo no, bueno no estaba yo, yo me iba allá al rancho. Y un día estaba como el Santo Cristo, l´aventó contra el brasero y le salió sangre de la nariz.

(Fue) mi tío. Es que, no sé. Era muy delicado, y le dijo que fuera… Le trajeron una gatita a regalar, y la gata se fue pa´rriba, estaba en un hule. Y este… (Dirige la mirada hacia unas naranjas que tiene colgadas en un mueble y dice: Ya se pudrió la naranja, ¿verdad? Ya está podrida. Se va a caer) Y este, que le dice: vete a traer la gata que se fue. ¡Oh! yo no soy pastora de gatos, dice. ¡Jesús!, no le hubiera dicho, que agarra de la oreja y que l´avienta hasta por ahí (realiza los movimientos como si lo viviera). Mi mamá lloraba, a escondidas, de ver la crueldad que l´hacían a mi hermana. Muy cruel que era mi tío.

(Este tío mío era) hermano cercanito (de mi mamá). Sí, pero fue muy cruel. Bueno, la trataba muy mal, y a mí no. Yo no rezongaba yo. Me mandaban, ahí voy decía, temblando de coraje, pero iba yo. Sí, no ni para enseñar el coraje. Y este, ella pobrecita pos no sabía, este, como quien dice, guardar, ¿verdad? la mohína o no sé. Ella luego se desataba y decía: no, no soy pastora de gatos, decía. Y nomás por eso que le jala la oreja y que l´avienta. Y mi mamá hasta lloraba de ver cómo hacían con la pobre muchacha, muchachilla todavía flaquilla. Ahora está como toro, sí bien gorda, gorda. Y este, y ya creció y que se va con un señor, sí jovencita. Se fue.

Más o menos por ahí, sí (como a los quince o dieciséis años). Y ya se la llevó el señor, allá la tenía. Pero una señora, una prima mía, también lo quería al señor. Y este, dice: ¡no!, quítenla de ahí, dice: para que le habla a él si ya me estaba hablando a mí, dice. Y la fue a traer mi prima. Y se la trajeron a mi mamá. Pero ya (hace un gesto con las manos sobre su barriga), ya estaba hinchada su barrigita. Y le pegaban, como quien le pega a una víbora. ¡Ay Jesús!, yo nomás le pedía a Dios que ya no le pegaran más. Yo decía: se va a morir el niño, y ya ese es Roberto Ojeda. ¿Ya lo fueron a ver, verdad? Y este, yo ya decía, ese niño se va a morir.

(Entonces Roberto fue hijo) de mi hermana. Sí es mi hermana porque es hija de mi mamá, era otro su papá. Pero yo la respeto por mi hermana. Sí. Y esa le pegaban mucho, y hasta la fecha me dice: a mi no me querían, dice. Tío Serafín no me quería, dice, me pegaba mucho, dice. Pues yo no sé, yo no se porqué le digo. Yo no sé, a mí nunca me pegó, ni me regañaba, nada. Es que yo no salía ya a la calle, yo no platicaba ya con ninguno. Yo creo por eso, por eso no me regañaba, no me decía nada.

Pero sí, mi mamá nos, me apuraba y me apuraba yo a moler, estaba yo fuerte. Hasta nos dolía aquí la mano, sí aquí la muñeca porque estaba en la mortaja y mortaja en el metate, no había molino como ahora. Ahora van con una cubetita al molino. Sí, no antes no había molino, ni de mano no le gustaba a mi mamá, porque dice que salen, huelen las tortillas a fierro, dice. No le gustaba el molinito. Le gustaba mortajar en el metate, sí tortilla limpia. Sí, y este, así nos criamos.

Y a mí, pos yo me siento pues… orgullosa, no se porqué a mí me compraban muy buena ropa, me compraban prendas de oro (dirige la mirada hacia la foto de su tío colgada en una pared de la casa). Él no tuvo hijos, no fue casado, y me compraba mis aretes de oro. Y iba yo cuando había desfile en la escuela, pos iba yo muy elegante. Y cómo decía yo pobre, y es que de aretes de oro. Tenía yo unos grandotes, me los quitó mi hermana, pero bueno es mi hermana. Y este, allá se quedaron, me los quitó se puede decir, escondida. Y este, y ella se enojaba porque a mí me compraban buenas prendas y buena ropa y a ella le compraban, pobrecita, ropa muy sencilla, muy humilde. Pero, ¡pues yo no tengo la culpa! Yo no, mi tío así lo quiso. Sí, pero es que yo nunca le desobedecí. Nos mandaban a moler, así llegábamos cansadas, como le digo a usté hasta con el pescuezo chueco. Ya nos dolía el pescuezo, el cuello, ve que pesa un racimo, con mecapal, sí, y ya me había cansado yo mucho pero así íbamos a moler. Calientitas del cuerpo a moler pa´ los mozos, temprano otra vez, a moler y ¡ni pa decir nada! Ahí vamos, como borregito al metate. Sí ni pa decir nada, nada porque era redelicado mi tío, muy delicado.

Él tenía su rancho, sí, pero pos, bueno, no le hace que nos maltrataron trabajando, pero comíamos bien, muy bien. Nunca faltaba la carne, nunca faltaba la leche y pan, siempre había pan. A las once ya estábamos tomando café con pan y con leche. Sí, todos, pa´ eso no distinguía mi tío, todos tomábamos café con leche, hasta mi hermana, sí. Pero no se porqué no la quería muy bien. Era media groserita, sí yo creo por eso l´odiaba. Y yo pos sentía tristeza pero qué le voy a decir. Nomás m´aguantaba. Y, este, cuando le pegó a mi hermana una vez, ya que le dije a usté que l´aventó y le salía sangre de la nariz, mi mamá se puso a llorar. Y ya que le vamos hacer al tío, ni modo que lo peliemos, estábamos en su casa, era su casa allí. Era su casa y estábamos arrimados.

Tenía su casa mi mamá en el centro, pero se la quitó mi tía, la hermana de mi mamá. Se la quitó, dice que nosotras éramos viejas y ella tenía hombres, y por eso quiso ella la casa. Y mi mamá pos no era ambiciosa. (Le dejó) la casa. Sí, dice: ahí que se quede la casa y ya nos fuimos para´llá (se refiere al rancho del tío). Y ya le digo a usté, sufrimos mucho. Yo sí sufría, yo moralmente de ver como la trataba mi hermana, pero ni pa decir mal, nada nada.

(A mi mamá), a ella sí, a ella la trataba bien. Ella, bueno, ella como que no sabía, no veía nada lo que le hacía con su hija pero ella todo guardaba, el resentimiento se le guardó. No crea, que sufrimos, se sufre y se aprende. Y nos habían dejado la casa, pero me peleaba mucho José Roberto, mucho me peleaba yo. Es Pedro José Roberto Ojeda, su mero nombre es Roberto, sí más que le pusimos José por mi mamá que era Josefina. Y este, le digo a usté que sufrimos harto. Y ya cuando mi hermana se embarazó, l´andábamos buscando a escondidas de mi tío Serafín porque no la quería ver así. Y ya el niño ya estaba, ya había nacido también. Y yo lo quería yo mucho al niño chiquito. Y como yo estaba yo gorda, a veces íbamos a una fiesta y le decía a mi mamá: vamos a ver un ratito, le decía, vamos. Y me llevaba yo al niño, como estaba yo gorda yo lo envolvía bien y no me veían con el niño. Sí, decía yo, pos el niño no tie la culpa de venir a sufrir al mundo. ¡Tanto que lo queríamos al niño!, pero bueno. Conque no es mi nopada (?) Pero no le hace, Diós sabe (llora).

No mi tío no era político, no se metía para nada. Él nomás en el trabajo, ni salía a la calle, nomás en su trabajo. Era mecánico. Siempre estaba en su trabajo. Nunca salía a la calle. No, ¿cuándo íbamos a salir nosotros? No nos dejaban salir, ni mi hermana no salió.

Nada (remarca fuertemente). Ellos eran padrinos, a veces iban a apadrinar un casamiento, iban a la fiesta. A los demás nos dejaban allí como puerquitos en gorro, durmiendo. No, no decíamos vamos. No querían, pos no íbamos. No es que… obligaran a ir, no. Ahí nos echábamos a dormir como los puerquitos. Ni sabíamos a qué horas llegaba. Sí, ellos sí que iban a la fiesta.

Antes s´hacía, había mucho rigor antes. Pero ahora ya no. ¿Cuándo andaban platicando las muchachas con los muchachos en la calle? Sí, ¿cuándo? No nos veíamos. Yo me pasaron a pedir por carta al tío. Y decía mi tío: bueno, dice, ya pensastes que te vas a casar. ¡Yo no sé qué cosa quiere, ni quién se quiere casar! De veras, yo no sabía yo. Yo no sé quién quiere casarse. Yo no he platicado con ningœn hombre. Decía: ¿con quién has platicado? Con ninguno, le decía, yo no sé. Pues ya quedaba contento mi tío. Pues yo no platicaba yo con nadie. Y un día me mandaron una carta dentro un pocillo. Nomás me regalaron el pocillo y allí iba una carta. Y yo pos le enseñé la carta a mi mamá: ahí está, pos ya verás tu que será. Y ya le enseñó a mi tío. Y ya dice: ¿no has platicado con nadie? No, yo no, no sé. Y ya este, pos tal vez por eso no me peleaban ni me regañaban, porque yo todo le decía yo, no guardaba yo secretos, porque sino después me costaba mi cuartiza. Y yo porque no me pegue pos lo decía yo. Yo no he platicado con nadie. Ya este, pos se quedaron conforme mi mamá y mi papá. Este, mi tío Serafín lo teníamos como mi papá. Sí, y este, nunca me pegaba. Pos trabajaba yo bien, talladas al quehacer. Sí, cuando había cosecha, cuando no no, nomás en la cosecha. En la cosecha se trabaja mucho. Sí, pero…, pos ahora ya no, ya no hay rancho, lo vendió mi mamá, porque mi hermana la… . Cuando se casó por allá en Puebla, Consuelo, sí, ni se casó, nomás se juntaron, creo, porque no supimos que se casaron. Mandó avisar que…, pos s´había salido de la casa y que no tenía que estar. Y ya vendió el rancho para darle el dinero a mi hermana. Sí, l´ayudaba mi mamá.

Ya había fallecido (mi tío). Y todavía recomendó, dice: cuida mucho a su niño (se refiere a Pedro José Roberto), dice. Cuiden mucho al niño, dice, él ha de ver por ustedes, decía. Después de que no lo quería, venía y ya le dijo a mi mamá: cuida mucho al niño, él ha de ver por ustedes, dice. Pues de veras, lo cuidamos.

Y ahí acabó todo. Ya murió mi mamá después, primero murió mi tío, y ya después murió mi mamá, d´un, este…, d´una embolia, sí. Se enmudeció y ya no habló. (Estuvo así) nomás dos semanas, dos semanas, y a las dos semanas ya se murió. Pero quedó delgada, delgada. ¡Ay, qué triste es la muerte! Muy triste, pero a ver qué le hacemos, es la ley de Dios: nacer y morir. Qué le vamos a hacer, ¿quién se pone con Dios?

Mi mamá era de Guayacan (?), de naguas. De aquí, del estado de Puebla, totonaca pero habla en español. Mis abuelos, no sé, no los conocí, no los conocí. Ni a los abuelos paternos de mi papá tampoco. Yo crecí, y no tenía yo ni un abuelito.

Yo ya quedé sola; y ya entonces nos quedamos los dos, Roberto y yo, allá en su casa de mi mamá. (Pero luego) me dio tristeza que me demandó, en la Presidencia. Ahí pidió que se repartiera, bueno quería toda la casa (se refiere a la casa del centro del pueblo que pertenecía a la madre de Guillermina). Y ya después repartimos la mitad. Me dieron la mitad a mí y la otra mitad pa él.

Pero después ya se casó y ya. Ya pues así nos criamos, y ya se casó José con la muchacha y ya me tuve que separar, porque ya teníamos muy mala vida, por la muchacha. No l´hacía…, quizá no l´hacía entender a José Roberto. S´habían, s´había vuelto muy grosera. Ellos ya de veras perdieron dinero, porque mi mamá s´estaba operando en Puebla, padecía del corazón. Y este, quien sabe cómo, ya perdió dinero, no sé dónde lo dejé, pero parecía estaba dentro de la maleta de ropa. Y yo sí lo castigué y le dijo: Tal vez tu robastes el dinero y no me lo quieres dar, decía yo. Y pobrecito él no tenía el dinero. El dinero estaba en la maleta, quien lo haiga puesto, ¿quién sabe? No vi, no lo justifico. Y yo creo que ese resentimiento se le quedó; sí, porque lo castigué. Y yo, ¡ya ves que mamá está enferma!, está en Puebla, está maleltiza y necesita el dinero. Que no era mucho, eran como trescientos pesos en aquella época. Pero siempre tenía que mandar dinero, y ¿con qué mandaba yo? Y.. para eso era el dinero. Pero él sí, quedó sentido yo creo. Y ahora se acabó todo.

Aquí, ya voy a tener como dieciocho años, y ni que veinte. Ya, ya tiene días qu´estoy aquí. Es que, supo Don Ramón que tenía yo mala vida. Era muy millonario, muy millonario. Y ya me dice: trae la escritura y ya te la voy a guardar, porque te va ha corretear d´allá, dice, José. Yo que se la llevo. Pos es millonario, pos qué me va´ser, dije yo. ¡Qué vende mi casa!, lo que m´había tocado. Lo vendió y ya me dijo que me dejaba aquí. Me pide la escritura guardada Don Ramón que la iba a guardar y vende mi casa. Y me deja aquí (se refiere a la casa donde vive actualmente) pero no me dió papel, no me dió recibo. Ay, le digo a usté que se sufre un poquito. Sí, ¿usted no ha sufrido así verdad? Sí, esto nomás pasa a los pobres. Pobrecita, ¡ay qué pena! Yo me vine de la casa y él allá se quedó con su señora.

Este, tal vez la señora no era de sentimiento, no sé, ya se comenzó a manejar muy mal, muy mal los dos, oiga usté. Muy este, pues no sé, no, no comprendo, muy, este, traicionero. Tengo yo una muchacha y esa muchacha le regaló un niño, y esa mujer de José le pegaba a la muchacha. Sí, y ella se aguantaba pobre. Ya le decía yo, pero tu tienes la culpa, no estabas ciega ni estabas sollega, sabías que tiene su mujer.

(Y la mujer) me trató de alcahueta, de solapadora como se dice. Y este, pos yo me aguantaba yo todo. Todavía decía yo: que no, que yo no soy una alcahueta. Pero si José no m´estaba diciendo que iba a ver la muchacha. Y yo no estaba yo, que estaba trabajando con Don Ramón, el Dr. Ramón. Y cuando yo ya vine ya estaba así (hace el gesto de mujer embarazada). Y, ya este, nació el niño y le digo a Julia, se llama Julia, le digo: yo pienso destinarme para trabajar y cuidar al niño. Le digo: no te vayas, aquí está, yo estoy trabajando tú estás aquí, yo digo, aquí en la casa y cuida al niño. Ahí tu lo ves a la hora que necesite su aseo, tú lo aseas, así lo cuidas. Así lo cuidaba muy bien. Estaba bonito el chiquitillo, no estaba muy feo, estaba bonito, güerito, güerito.

Y ¿quién sabe qué le pasó a la señora que ya se murió?, y jovencita que era, no estaba bien. Pobrecita, me lo trajo de trece años, jovencito, chiquitillo todavía. Y tenía unas hijas muy bonitas, chulas que´staban. Así, como su cuerpo de usté. Se casaron y ya no sé cómo estarán. Ya las muchachas están grandes también. Y ahí se quedó todo, él por un lado y yo por otro. ¡Ay Dios! Es triste la vida, muy triste. Porque estábamos muy bien, muy bien. Nomás que´ese momento se puso de malas, estaba de nervios creo, pos no sé. Y siempre m´acuerdo y me da tristeza, me da tristeza porque siempre decía mí mamá: el t´ha de llevar, t´ha d´acostar, t´ha de levantar, t´ha de llevar al descanso. Y no fue así, s´apartó para siempre (solloza y llora), y ya ves por la señora, no sé. Y es que él también, no quiso poner de su parte para ver por uno. Sí, pero ahí estará de Dios, conformarse. Ni pa´echarle una maldición porque es de mi familia. Lo quería yo harto, pero a ver. Cambió mucho, mucho cambió (continúa sollozando). Así sería el destino. No hay que decir nada (suspira, solloza y llora). Me da tristeza, pero no remediamos nada, qué le voy hacer.

Sí. Aquí estoy viviendo, pero no me dejó un comprobante. Ahí está lo malo. Hasta ahorita no, no m´han dicho nada. Está la mera esposa, qu´esa también no vivió con Don Ramón. La correteó, dice. Tenía treinta y cuatro años que se fue. Se quedó su niña pero ella la crió. Y ya le dije: que cómo íbamos hacer, si iban a vender aquí o cómo van hacer. D´eso yo no sé, dice. No sé cómo quedaron con Don Ramón. Pos Don Ramón me vendió mi casa y no me dió recibo, le dije. Ella, pues yo desconfié. Me pueden correr, le digo, yo ni me voy a media plaza, me voy a la plaza a dormir. No se cómo voy hacerle. Y ya me dijo que no, que no, no yo me meto para nada. Hasta ahorita no me han molestado. Yo creo que tal vez también por el tiempo, ¿verdad? Ya llevo yo mucho tiempo aquí. Los chiquillos ya estaban chiquitos y ya se fueron, los hijos de Julia, que se criaron aquí conmigo.

Sí, aquí estuvieron conmigo catorce años. Y a los catorce años s´enojaron, se pusieron de malas y me dice…, ¡quién sabe qué! que ya no m´acuerdo. Y este, le dijo, pos no yo ahorita no puedo. Creo que era un pantalón que lo arreglara yo rápido. Y como estaba yo trabajando pos no podía yo. Y ya me dice: si no lo quieres hacer no lo hagas, y quien sabe qué. Y bueno, se puso de malas. ¡Ahí tu sabes viejito!, yo no t´atago ni te corro. Yo ahorita ya me voy, dice. No t´atago ni te corro. Pos que se va luego el malvado. Se fue, meditó el día de su santo, es el dos de mayo, para amanecer el tres se fue. T´acuerdas que me corriste, dice, el dos de mayo. Yo no te corrí m´hijito, te corrió tu violencia, le digo. Es muy violento, sí se ponía como José, muy violento. No tomaba, era muy chiquitillo todavía. No tomaba, estaba bien. Nomás que de repente s´enojaba.

Estaba otro hermanito, se llama Pablo, ese no hablaba nada, no decía nada, muy callado. Sí, muy bueno el chamaco. Todos son buenos, nomás pos que a ratos, tienen sus ratitos. Todos tenemos nuestros…, sacamos nuestra energía. No, le digo a usté que hay ratos que viene una de malas y hay ratos que viene una de buenas. Y así hay de todo un poco.

Desde entonces que se fue la Julia yo me quedé solita, solita. Nadie m´acompañado. Y yo, yo contaba con ella. Decía yo, porque cuando iban en la escuela, terminaron su primaria, y a cada quien les regalé…, tenía yo prendas de mi mamá. Les regalé una medalla de oro a cada quien. Le gustó que salieron de la escuela. Sí, y dije yo: pues puede ser que con el tiempo s´acuerden y vean por mí, me vengan a visitar aunque sea. Pero ni así no valió. A veces me pongo a pensar, no les hubiera dado yo las prendas, son de mi mamá para qué se las voy a dar. Y ya se las dí, ya qué cosa. Ya no se puede. Ahí que las tengan, si las tienen, si no pos ya.

Eran medallas de oro, d´aquel oro d´entonces. Ahí tengo un anillo que me regaló… todavía estaba el anillo con los aretes. Le quitaron a mi mamá. Sí, y me puse el anillo y los aretes. Y me decían: ¡no! que te va a venir a traer, te va a venir a traer, te vas a espantar. Y no, nunca m´espanto, ni me viene a traer. Y a mi me decían que m´iba venir a espantar, por los aretes. Pos ojalá que viniera. ¡Nunca viene! Ni la he soñado. Y ya s´acabó todo.”

La historia de Guillermina no finaliza aquí, pero el tiempo que estuve con ella realmente no dio para un conocimiento más profundo. No obstante, espero que algœn día pueda nuevamente realizar un viaje a Huehuetla y continuar conociendo a esta maravillosa anciana, a esta mujer soltera que ofreció y ofrece su amor y cariño a todo aquel que se le acerca y que, desgraciadamente, no siempre es correspondida con la misma moneda.

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